
Juan Frajoza <zardox_rimbaud>
| Inserisci un commento |
| El delirio | 978 giorni fa | ||
![]() Viajé al pueblo de las mujeres enlutadas conducido por los cuatro malévolos jinetes del Apocalipsis... Turbia era la noche: aullidos de perro, quejidos de bruja, beatos aquelarres de monjas puritanas y sofistas, hoguera del Santo Oficio, quema de libros malditos... Al llegar, el tañido de las viejas campanas me condujo por entre las hierbas muertas, luego por pálidas calles de dispersas farolas, hasta que desemboqué en el filo del río. Me lancé apresurado creyendo que el agua salvaría el golpe, pero no fue así. A la mañana siguiente toqué mi cabeza y sentí la sangre escurrir por mis cabellos. Tenía las ropas roídas por asquerosos negros gusanos, y las ratas cafés se anidaban en mi corroído vientre. Simplemente un paisaje patético: una mano rota, el cabello hirsuto, las nalgas desgarradas por la fricción de las ramas y las rocas. Un paso, otro paso, una caída, un escupitajo, mi mano en la cabeza, el cuello flexionado hacia la izquierda cruelmente. Luego fueron los regaños temerosos los que me despertaron del sueño. Mi madre, vestida de negro ajuar de novia, decía: << ¡Deliras igual que los energúmenos! ¡No hay ya mujeres enlutadas, ni pueblo seco y devastado por los prejuicios; todo es peor que eso!>>. Pero mi espíritu y mi alma estaban desmayados, no entendía el sentido de la frase. Las palabras me sonaban a ronquidos tenebrosos. Un calor insoportable me entró por los ojos, me cegó. Repentinamente una luz se formó detrás de la palidez de las farolas: ufana de alumbrar con tan quedo fulgor, se transformó en un sendero de pobres, miles de rapaces y gamberros vagabundos vomitando sartas de blasfemias y canciones. De entre todos uno cautivaba con su voz áspera, con su traje de poeta parnasiano. “Es necesario humillarse y caer a los pies del delincuente, debemos de adorarle como a suprema deidad. Es justo que caigamos, pues de allí parte el principio de estar parados de nuevo. Y no es que las arenas de las playas se transformen en verso o hermosas coplas de bardos teutones, sino que deben rodar por los paisajes de la luna y el sol, mas es justo y necesario que un aroma fresco habite hasta en el corazón más embrujado con los bálsamos del viento”. Partió el silencio la voz de los parásitos. Me escondí en mi cueva de quimera. Me mordían los poetas con sus frases celebres. Rimbaud me marcó en el pecho, con un plectro de plata, “Mi superioridad consiste en que no tengo corazón”, luego corrió presuroso al lado de Verlaine. Transitando en la madrugada, con rotos vestidos, las casaderas, detrás de ellas las madres y los novios. Una hoguera en los ojos, una marejada de plancton atraída en mitad de labios... ¡No, no puede ser posible que ígneos látigos marquen mi dorso!¡Qué he hecho para merecer semejante castigo!¡Oh, piedad, piedad y clemencia; lanzo flores al viento, me extasío en las obras de teatro! ¿Crees que es justo mi destino, Santa Rosa de Lima? –Ya lo sabes, cuando desfallezcas sin mis brazos, sin tus luces, puedes encontrarme en el pueblo donde la muerte ronda... en el pueblo de las mujeres enlutadas... *** Mis gamberros poetas me reclaman, y este dolor en la cabeza no es esclarecedor, sólo es el péndulo ideológico que de izquierda a derecha, en infinito movimiento, deposita sus huevecillos insolentes. Me dicen tres viejas tiritantes que la oportunidad de viajar por senderos de martillantes colores está dispuesta frente a mí. Pero enfrente, hacía el futuro, todo es negro y turbio, cual río desbocado. Simples despojos y excrementos alrededor. Todo es confuso ¿Son reales los poetas o son pusilánimes actores de tragedia? El futuro está esperándome, tiene garras de rosa, su palabra es bella, su cuerpo como un universo de algodón; y lo acepto, y le grito, y le arrojo ópalos y sangre. Me uno a su terso brazo y me conduce por el sendero de colores, pero mis poetas afilan las garras para zanjarme el pecho de una estocada, profieren mil maldiciones tenebras y dicen que el pasado no se borra eligiendo los caminos del futuro, que lo comenzado no es borrable ni limitado. Y está la guerra y la paz de Tolstoi en mi cabeza... Napoleón contra el Zar... Francia contra Italia... El corazón frente a la razón: se dan la mano, luego se abofetean mutuamente. ¿Es de día o de noche? No hay una seguridad absoluta sobre conceptos humanos. ¿Cuál es el valor de los valores? En semejante caso, prefiero mirar hacia los suelos. Durante unos instantes reconocí personas, empero ¿son innegables o los estoy soñando? ¿Acaso existe posibilidad de que toda la realidad sólo sea una pesadilla maldita? Lentamente por la senda perpetua van a perderse los humanos en su tétrica prisión... ¡Y Dios se enjuga los labios con lejía y sangre! Yo no soy parte del juego celestial: estoy excluido, recluso, ensimismado. Una parvada de monjas plañideras detrás de un ataúd lleno de rocas se laceran con la tralla, se golpean con el libro, se colocan clavos en las fisuras de las piernas. ¡Para mi lucha siempre hay otro contendiente, y si soy derrotado por la mística titánica de los prejuicios irritantes que coloquen marionetas parlanchinas en los Senados traicioneros! ¡Arde, arde, Roma, la magnánima, la Ciudad Eterna! Después del delirio, me encuentro en un blanco hospital. Reconozco voces y formas. Blancas enfermeras, iracundas y solemnes, se pasean como moscas a mi alrededor. Reconozco tristes figuras: mi padre consternado observando la línea que dibuja el horizonte a través de las ventanas, mi madre contando la épica anécdota de los antepasados rimbombantes, mi abuela tejiendo mi negra mortaja. Al mover levemente el brazo, compruebo que una aguja está insertada en mi vena, llevo una húmeda toalla en la frente; en el jarrón un bello ramo de flores marchitas. Más tarde – siempre es tarde para confesiones de este carácter – me dijeron con voz parsimoniosa y arrumacos, que en mitad de mi delirio sólo gritaba con toda la fuerza que daba mi voz: “¿Cómo es posible, qué he hecho para merecer eso? Me duele el alma más que el cuerpo... Me duele la vida más que la muerte... Debo de entenderlo... Debo de intuirlo... Debo destruirlo... Por doquier preguntas guturales de patéticas compañías... El sátiro nació en el delirio de la fiebre; yo por igual desato mi sardónica risa... Tengo problemas con mis locos, espera, sólo debo de incendiar el manicomio, y ya tengo los carbones en mis manos... Ten presente, no a futuro o a pasado, sino al hoy, que por más que busques buenos prados para dejar caer tu agotado cuerpo, no los habrá... Ten presente que las rosas y los cielos se abren al viento por ti... ¡Oh, vida, tú eres mi muerte! ¡Oh, muerte, tu eres mi vida!” | |||
| inserito da Juan Frajoza | |||
| Inserisci un commento |
Pubblicità
